Olvidar las rancherías – Memoria histórica en el Parque del Retiro

En 1887 bajo la regencia de Maria Cristina de Augsburgo y de Lorena, se encargo la construcción del Palacio de Cristal al mismísimo Velázquez Bosco, gran imitador de la moda londinense y también arquitecto.

En 1887 el alcalde de Madrid era Mariano de la Blanca de Zayas y de la Madrid. Vamos a ver, como no va a ser alcalde alguien que se llame de la Madrid.

En esta época los sentimientos filipinos ya estaban calentitos y personajes como José Rizal empezaban a destacar con ideas rupturistas frente a la corona española. Mientras, en España verdaderos lumbreras como German Gamazo -Ministro de Ultramar (1885-1886)- perfilaban ideas de conciliación cuanto menos discutibles.

Estamos ante un momento histórico donde España se encontraba a 11 años de perder algunas de sus últimas colonias. En el desastre del 98 la corona española perdió Filipinas, Cuba y Puerto Rico. Antes de vender por dos cigarrillos y un chupa chups sus últimas islas del Pacífico.

Por ello a los gobernantes de Madrid, con Víctor Balaguer a la cabeza -Ministro de Ultramar (1886-1888)-, decidieron realizar una exposición cuanto menos subversiva y a su vez brillante a sus ojos. Iban a cambiar la Historia. Iban a convencer a los ciudadanos filipinos de cuanto les queríamos. Les íbamos a abrazar a través de una valla.

Iban a recomponer un Imperio en vías de extinción.

En fin, una idea brillante para todos menos para los nativos que fueron utilizados para tal experimento museológico. Sociedades nativas compuestas por igorotes, negritos, moros y tagalos como atestiguan fuentes de la época.

La exposición para la cual se construyó el Palacio de Cristal, consistía en traer desde Filipinas a diferentes tribus (o como me afearía una antigua profesora -sociedades-). Estas personas nativas eran parte de la muestra. Estas personas eran personas. Estas personas eran 43.

De tal forma el Palacio de Velázquez se convirtió en un expositor de objetos filipinos, el Palacio de Cristal en un invernadero perfecto para climatizar, dentro del clima mediterráneo continental de Madrid, la flora propia del sudeste asiático, y por último, estaban los nativos filipinos a quienes expusieron a vivir en rancherías al rededor de los palacios.

No hay consenso en los periódicos de la época sobre cuentos murieron. Actualmente en el Museo de Antropología se habla de cuatro fallecidos, al igual que en los dosieres de la exposición publicados por el Ministerio de Ultramar. Otras fuentes hablan de tres, otras de seis. En resumen, podemos decir que en torno a un 10 % de las personas exhibidas en la exposición murieron.

Los periódicos de la época como El Globo o el ABC atribuyeron las causas de las muertes a “accidentes”. A día de hoy parece claro que las enfermedades, sobretodo gastrointestinales, la falta de higiene y desnutrición fueron las claves para entender este desastre. Nadie en la época habla del impacto psicológico -generado y recibido-, es algo muy moderno.

En los alrededores al Palacio de Cristal, hoy cubierto por una lona “artística” debido a que la caca de paloma no le gusta al Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía, se nos urge a respetar la fauna que lo rodea. Tal vez aprendimos algo de la exposición sobre Filipinas, aunque nos neguemos a reconocerlo. Tal vez aprendimos tagalo.

La fauna filipina no recibió alimento en buenas condiciones. El zoológico humano fue una exposición temporal y efímera en todas sus acepciones, como si de arte callejero bajo aguarrás se tratase. La gente murió. Aunque hay quien, en la actualidad, vive este suceso con tranquilidad bajo el argumento que sigue:

-En los zoológicos mueren animales-.

-La gente murió.

-No todos, solo algunos. Son cosas que pasan.

Madrid y sus historias ¿Sucederán también en otras ciudades?

El parque sigue siendo un zoológico. Cuantos turistas que pasean hoy en día por los restos arquitectónicos de la exposición de Filipinas, simplemente desconocen, no recuerdan o les da igual lo que sucedió.

Aquella experiencia decimonónica y mortífera se ha borrado del presente del parque.

En la ciudad instantánea no tenemos momento para el recuerdo. No tenemos aspiración por mirar hacia atrás mientras podamos fotografiar el presente. Ojalá el Museo Antropológico tuviera más fotos de los desastres de la exposición de Filipinas en el Retiro. Ojalá las mostrara. Quizás no se hicieran fotos a los muertos. Quizás como madrileños tengamos memoria de lo que pasó.

¿Se despertarán en algún momento los cuatro fantasmas tagalos a turistear por el parque?

A José Rizal no le gustó la muestra, como escribió en la revista La Solidaridad.

La exposición no recompuso el Imperio.

La exposición duró cuatro meses. Uno por cada fallecido.