No pierdas la cabeza en noviembre

En pleno centro de Madrid se encuentra la calle de la cabeza y la cabeza es necesaria. 


Nunca se debe olvidar.  


Es una calle estrecha, afilada y angulosa. Incluso pequeña. Se dice que las personas que la habitan se alocan a la vez que se vuelven impulsivos. Locura e impulsividad. Nada más progre. 

Nada más reaccionario. 

Nada parecido a lo que podría indicar su tranquilidad aparente. 

La calle del coco, testa o calabaza tiene su historia. Que si le cortaron una cabeza a un cura. Que si Fernando VII el deseado localizó en ella una de las cárceles mas represivas durante los primeros años de la Década Ominosa

En fin, una calle con solera.

En la ciudad instantánea las cabezas están siendo manipuladas. Que si tal. Que si cual. 

El sombrero es algo que ha pasado de moda, queda como elemento decorativo para algunos calvilocos que buscan proteger sus ideas. Las ideas ahora se protegen con gorras, gorros, gorres y tintes de pelo fosforito. También se protegen pensando. 

Ni que de una película de Mad Max se tratara. 

Alguno se revuelve en su tumba. Resuena Madrid.

Una cabeza sirve para hacer sopa, caldo o incluso tacos. La ciudad instantánea es cada vez mas multicultural y diversa. 

Un crisol posimperial.

Para algunos el mejor menú del día del centro de Madrid se encuentra en esta calle, en el ángulo contiguo a la fotografía. Pero siendo francos, no es un menú por el cual perder la cabeza. 

Odio escribir en noviembre, no es un mes feliz en la capital. Han cambiado la hora, la ciudad se colorea de un gris lánguido y siendo francos, es un mes muy español.

Noviembre, aquel mes en el que empezó todo. Aquel mes en el que empezamos a recuperar las cabezas de la población. Físicas y psicológicas. Hace cincuenta años comenzamos a recuperar la cordura. 

¿Qué pensaría Fernando VII de esto? Posiblemente que somos unos flojos. Que España se debe conservar tal y como se configuró en esencia. Los Reyes Católicos hicieron rodar cabezas. 

La calle de la cabeza, cincuenta años después de recobrarla nos sirve como muestra de una resistencia. Seamos testarudos y transigentes, no permitamos que nos la corten. Volvamos a utilizar la cabeza para recordar. Recordar como hace cincuenta años comenzamos a poder pensar. Recordar como nos hemos equivocado y vuelto a equivocar.

Equivocarse no está mal. Equivocarse dinamiza. Dinamizar consuela.

En los treinta y nueve años previos a los últimos cincuenta no nos dejaron equivocarnos. Nos dijeron lo que estaba bien y lo que estaba mal. 

Pobres de aquellos que pensaron mal, tuvieron que perder la cabeza. 

Mientras el águila ferrolana volaba utilizaba su cabeza para captar a sus presas. Un ave ávida de su captura. Nos descabezaron. 

Los franceses desarrollaron la guillotina. Nosotros, ibéricos, el garrote vil. Total, una cabeza es una cabeza. Si no que se lo digan a Goya.

Él. El de verdad. De quien va el texto. Si algo no era, era cabezón. Una voz tan aguda saliendo de esa complexión de chupa chups. Cabezón, terco y agudo. Siempre mantuvo su cabeza. Siempre. Hasta en los últimos hospitales gallegos.

Sin embargo su cabeza, pese a guardar su forma y localización dejó de funcionar. 

Es extraordinaria la causalidad. Cuando una cabeza muere otras comienzan a vivir. 

Muchos empezaron a vivir e incluso a renacer aquel veinte de noviembre. 

Otros siguieron tratando de utilizar esa cabeza, ya inerte, a modo de marioneta para mantener aquellas ideas. Algunos lo siguen haciendo. 

Para algunos esta fecha no tiene importancia. Para otros la tiene toda. El tiempo pasa y discurre difuminando aquello que sucedió. Enturbiando el recuerdo de gran parte de la población que no ven o no quieren ver, ninguna importancia en esta fecha.

El águila está más viva que nunca. Si no queremos perder la cabeza tendremos que recordar.

La cabeza tiene que ser algo más que un soporte.

No dejemos que el águila se vuelva a acaudillar.

Sigamos pensando. Sigamos equivocándonos.

A la espera de un nuevo 20 de noviembre.

Muy feliz efeméride.