
Madrid es una ciudad bícroma, oscila entre el gris patético y el azul maravilla. Madrid es una ciudad comida por un nuevo paisaje neo mitológico que algunos denominan zebra. Sin embargo, estos paisajes han acabado con la diversidad del paisaje urbano que, hace no tanto existía en la ciudad.
En esta esquina – si alguien la reconoce – en mi infancia había un descampado y cuando hablo de infancia hablo de antes de ayer. Ya se sabe que ahora maduramos más tarde. Niños de treinta que en la India serían abuelos. Ahora encuentran su senectud en el cambio de su territorio. El descampado, por todos conocido y a la vez por nadie, era uno de los pocos espacios dentro de la M-30 que seguían presentando una imagen de la hermosa y poco funcional decrepitud que puede proporcionar una ciudad.
Los espacios no funcionales dentro del voraz neoliberalismo que hoy en día dicta la actualidad están en vías de extinción. En fin, el darwinismo, ya sea el biológico o el social, marcó las líneas de la destrucción de todo aquello que no genera riqueza, beneficio o simplemente privilegio.
Las zebras de nuestro zoológico habitado son privilegiadas atonales. Los descampados no sobrevivieron a la evolución.
Las zebras han venido para quedarse. Las ciudades se vuelven zoológicos homogéneos donde solo existen animales con pequeñas variaciones y estos mamíferos habitacionales no buscan más que reconfigurar espacios antiguamente vividos sin pretensiones. Espacios abiertos, lugares comunes, territorio a descubrir.
El otro día leyendo periódicos anodinos encontré el nuevo término de edificio zebra y sin querer pensé en nuestro descampado. Ese descampado que a su vez tenía un primo hermano cerca del rocódromo que presenta el camino hacia el Pirulí y La Elipa y donde ahora se sitúa, ya lo habrás adivinado, otra zebra.
En vez de Zebra, a mi parecer se puede proponer un nuevo término respecto a estos edificios, ya que la resonancia visual recuerda también a los innombrables códigos de barras. Códigos anónimos que se utilizan para el intercambio económico de productos. Eso es. Un edificio código de barras, un mamífero sin nombre que no busca tenerlo, solo el estandarizar un antiguo espacio de nuestra ciudad.
Aquellos que se queden sin sus descampados que no se preocupen. Tendrán códigos de barras verticales donde el vivir se convierta en un simple espejismo, donde la ciudad se camufle entre el gris patético y el azul maravilla, donde la ciudad pierda su color. Una suerte de Guernica triste. Un bombardeo urbanístico en Madrid.
Queremos volver a recuperar espacios abiertos, queremos recuperar nuestras gamas cromáticas, queremos a nuestros grupos de chavales en la calle, queremos problemas, queremos soluciones, queremos habitar y decidir sobre nuestra ciudad. Claro, el problema es que Madrid ya no es nuestro. Madrid es un zoológico inmobiliario. Madrid ya no es un descampado.